Me comí una masacre.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Venue.


Mentiría si dijera que todo había tenido un motivo. Mentiría si dijese que los atenuantes expuestos aquella noche habían sido válidos. Que todo ocurrió por algo.
Si dijera que todo estaba en paz, volvería a mentir. Que todo se quedó ahí, que no había nada más que satisfacción en aquella mirada azulada y envejecida. Pero creo que también mentiría diciendo que mis ansias de contar esta historia son nulas.
Así que lo mejor sería empezar desde el principio.

Hubo una mañana de Abril en la que empezó todo. Situándome en una pequeña población de una de esas ciudades en las que siempre hacen conciertos los mejores cantantes y exponen en sus museos los mejores artistas.
Situándome con más exactitud en la cama de Joan, una chica nada reservada y de carácter desenfadado, hasta podría decir que de fuerza intoxicante, aún midiendo no más de 1,64.
Un olor a aceite de lima que invadía aquella habitación por completo, Joan se encontraba en su cama, el lenguaje ordinario no me sería suficiente para expresar su belleza mientras dormía. Su cuerpo se elevó para dar una bocanada profunda de aire, que serviría para espabilarla. Cada movimiento en ella, por muy débil que fuese, podría considerarse arte.
La poca luz gris que entraba desde la ventana de su diminuta habitación resbalaba como seda en su blanquecina piel. Joan no destacaba por ser demasiado buena persona, ni buena estudiante, no desmostró hasta entonces talento o especialidad alguna en algo concreto.
Simplemente era ella quién destacaba. Su imagen, su personalidad inflexible. Sus ojos azules que sólo podrían ser fruto de algún pacto diabólico. Su pelo rojizo y rizado, como un baño de sangre. A su edad de 21 años, era una de las jóvenes mas hermosas de aquella zona. Pero dejémonos de visualizaciones enamoradizas hacia su persona, hablemos de cómo despertó en aquél día decisivo para ella.
Como si de un arrebato de inspiración divina se tratase, abrió los ojos de inmediato al tomar aire profundamente. Inhalando el olor a lima, observando con desvelo la poca luz que atravesaba sus cortinas amarillas. Toda una afinidad armónica para tan fatídico día.
De forma precisa y correcta giró el cuello para observar como su gato, Fing, trasteaba en uno de sus cajones, que de forma casi maníatica dejaba siempre abiertos.
+¡Deja de hacer eso, Fing! - exclamó con voz enroscada y gruñida. Hubiese parecido que estaba enfadada. Un ángel enfadado.
Volvió a girar el cuello para encontrarse de nuevo de mirando hacia la ventana, y con gesto confuso y los ojos aún entreabiertos, frunció el ceño y se rascó los ojos. Vista así, podría continuar inventándome alguna otra historia y situándola anhelando a su amado caballero de la edad media. Pero no, esto no va precisamente sobre caballeros y princesas, sobre amor y desamor o sobre los padres que no la dejan desposarse con su único y verdadero amor imposible.
Casi con expresión de jactancia su cuerpo se levantó de la cama con fluidez destapándose así de las sábanas violetas que la cubrían. Miró hacia ambos lados y se agachó hacia dónde estaba Fing, gateando, mientras este seguía rebuscando entre los cajones.
-Tendré que comerte como hacen los japoneses. O mejor, te descuartizaré y te venderé al peso a uno de esos japoneses. Serás ternera de fing picante.- bromeó. O tal vez no, recalco de ella que tenía una personalidad única y que, era de las pocas personas que conocerás y nunca sabrás con exactitud cuándo bromea o cuándo está hablando en serio.
-Tendré que llamar a Cher, estoy cansada de tener que esperarla para desayunar. Ella y su ligera manía de salir a correr a estas horas. No sé como tiene valor... ¡qué poco juicio!- dijo, y estaba en lo cierto. Nadie excepto Cher se hubiese dignado a salir en aquella fría y gris mañana de Abril. Cher era el tipo de persona contrario a Joan. Eran polos opuestos que se atraían como la niebla a un cementerio. Eran enemigas íntimas, que cada noche acudían a si mismas desde los albores de la tempestad de la monotonía para amarse. Eran un sin fin de defectos perfectos. Pero fuesen lo que fuesen, se amaban más que a nada entre si.

martes, 21 de mayo de 2013

Goodbye.


Lo siento, pequeña. Siempre te fui fiel.
Cuándo llorabas, cuándo estabas triste, cuándo te sentías insegura, cuándo hasta tu reflejo te abandonaba en la soledad de la noche recordando los amaneceres de un invierno atrozmente frío. Estuve ahí tanto tiempo, que ya me cansé de sujetarte la vela. De darte vida. De ser la cabeza de un piojo tan despiadado como tú.
Corrosiva, de alma sucia y pecadora, fría y cruel. Despiadada, desastrosa, caótica, veneno. Eso es lo que mas te gustaba escuchar. Que eras todo eso. Te gustaba cometer errores y caminar sola. Te gustaba lamentarte y sentirte oscura y podrida. Te gustaba que yo lo sintiera en mis huesos, que aquél frío que me producía aquella cósmica soledad me recordase a ti. Me recordase que yo pertenecía a ti.
Pero ya no habrá mas noches así, no te regalaré mas días ni mas horas de mi vida.
Fue bonito mientras duró. Y te agradezco que aparecieses cuándo a veces, mas te necesitaba. Cuándo no podía cargar con todo, cuándo no había nada que me empujase a seguir. Cuándo quise morir, cuándo creía que era una hermosa muerta viviente. Admito que me enamoraste con tu carácter desenfadado y confuso, tus miradas perdidas y tu falta de confianza que te daba ese toque personal único e indescriptible. Pero como a ti te gustaba decirme, todo tiene un final y nada es para siempre, nadie tiene por qué atarse a nadie, nadie necesita de nadie para ser feliz. Nacemos solos y morimos solos, ¿no es así, pequeña salvaje? Pues yo ya no te necesito.