Me comí una masacre.
viernes, 25 de octubre de 2013
Got. Requiem II
Recuerdo que tuve un sueño en el que moría, envuelta en una tempestad traumática.
Una vez más, había soñado con lluvia, con arcanos, con tristeza y fragilidad.
Recuerdo como no hacía más que llorar. Como todo en mi vida se había convertido
en una absurda mentira.
La aflicción de una bella creación manchada de sangre, una tragedia a la que
llamé 'Lacrymosa'. Una tragedia que, sin darme cuenta, se convirtió en mi luz.
No quise tocar el tema de aquél hombre muerto (para mí) durante años. Pero casi sin
quererlo terminé por compadecerlo. Una pérdida de mi escenario y mi teoría,
con un fondo denso alejado de toda oscuridad. Me gustaría poder haber volado
muchísimo más alto de lo que conseguí, sin embargo habiendo llorado todo un mar de
lágrimas y haber navegado por ellas no me fue suficiente para aprender que eso
no tendría que volver a ocurrir.
Para mi siempre será aquella estrella no del todo presente, pero si el centro de
total atención.
Corriendo en círculos al rededor de mi mente, un amor que se perdió en el paraíso,
mi continua angustia.
Devoró mi alma, cada centímetro de mi ser, con oscura y perfecta frialdad asesina.
Anuló por completo todos los campos del cielo, y hubiese declarado su venganza
a Dios si yo se lo hubiese permitido.
Mientras tanto, un imperio de consternación arruinó la forma decadente que hubiese empleado para alejarme de allí.
Mientras mi cuerpo se sumergía en la muerte y mi espíritu iba detrás de él.
'Mi corazón dejará de ser mi brújula, dejaré de amar el horizonte'.
Esas palabras sonaron como una tormenta en mi cabeza, y aquellas reflexiones
fueron como un mar embravecido. Las olas me engullen muchas veces, pero nunca
consiguen ahogarme.
No quería vivir sin un propósito tampoco, una vida sin amor...no es vida. Porque mi
vida todavía tenía sed de amor y había mucho al alcance de mi fuerza.
Pero quitando todo eso para no volverme a caer en un infinito abismo, calculé
que sólo me quedaba la nostalgia y las palabras y promesas que me repitió, aún sabiendo
que en el fondo no me las dirigía a mí.
Había encontrado una distancia inerte en la acera que alejaba de mí lo desagradable del amor y la confianza, y todo lo que eso lleva.
La soledad se convirtió en mi total salvadora, en mi compasión, en mí.
En un corazón inmaculado pedí tener el mundo a mis pies, aunque solo fuese una vez.
Aunque en la más triste y dolorosa verdad, sólo necesitaba la idea de que aquél
corazón malherido del que fui dueña una vez volviese a mi como lo había hecho tantas
veces antes. Aunque ya no confiase.
Un corazón cubierto de nieve, un amor y un sonido que emitía su voz al hablar.
Pero una antigua sombra volvió a demandar mi presencia desde el otro lado del espejo.
¿Volvería a ser la que fui antes de que él llegase? ¿Volvería a dejarme llenar por sombras
y absurdas ideas de venganza? ¿Volvería a mi piel de cínica y malhumorada?
Entonces mi mente comparó sus movimientos con el ser que la esperaba detrás de aquél amarillento espejo.
Comparó sus sentimientos, su dolor inaceptable. Y acertó, esta vez tenían más
cosas en común de lo que habían tenido nunca anteriormente.
¿Por qué entonces no iba a dejar que aquél ángel oscuro me llenase de absurda frialdad?
Volvería a ser fuerte como lo era antes. Pero también volvería a lamentarme cada noche.
Y así la vi, arrastrándose con sus alas rotas, suplicándome que volviese a darle la vida
que le quité una vez por amor. Debía de volver, por el odio, por el fracaso, por ella, por ellas.
Sus poderes de pecadora incurables buscaban satisfacer mi herida putrefacta.
Así mataría lo que quedaba de mi esencia, y sólo me dejaría fantasear tiernamente al atardecer.
Porque bien sabía que a partir de ese momento, cada noche, mi cuerpo le pertenecería a ella otra vez.
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