Nunca he creído ciertamente en los cuentos, ni en los sueños. No he creído en las palabras, y tampoco me he terminado de creer los hechos.
Lo único que verdaderamente podría llegar a creerme son los detalles, cada pequeña cosa que hace ver al mundo lo que somos realmente, lo que hacemos y lo que pensamos.
Durante un cierto y corto periodo de tiempo uno es más detallista o menos, se preocupa más por sí mismo o por los demás, pero todo puede cambiar.
Y es en eso, en el cambio, en lo que también he creído siempre. La gente va cambiando, va mostrando poco a poco quién de verdad es, y no cambia de un día para otro, cambia poco a poco, con pequeños de esos detalles de los que os he hablado ahora.
Es por eso que cuando dos almas se unen y forman ese vínculo en el que lo más importante siempre serán los pequeños detalles, es por eso cuando no se reciben que las personas guardan el rencor en una cajita minúscula que guardan en su interior con llave hasta que llega el día en el que no cabe más y explota.
Y esa explosión es la única justificación a un cambio repentino, de un día para otro.
Con esto lo que quiero decir es que la gente no nace siendo terriblemente mala o molesta, la gente no nace con rencor, ni con odio, ni con sed de venganza, ni con ganas de cambiar, ni nace con el sello del uso del libertinaje bajo el manto de la libertad pegado en la frente, ni nace pidiendo lo imposible.
Es nuestro círculo más cercano (aunque a veces no tan cercano) el que nos va entregando esos pequeños detalles en los que fijamos nuestra atención, haciendo de ellos parte de nosotros y ayudándonos a convertirnos en lo que deseamos ser o lo que ya somos pero no mostramos.
El exceso de esos detalles nos puede volver blandos y tranquilos, la falta de esos detalles puede volvernos desconfiados y rebeldes. Pero no hacemos uso de la rebeldía sin haber una causa, sino para esconder nuestro propio dolor, para esconder todo lo que nos ha hecho daño y apartarlo, para que ese dolor que sentimos no llame la atención, y ésta sólo se ocupe en nuestras acciones de rebeldía despiadadas.
La clave está en el equilibrio, ese equilibrio que suena a utopía cada vez que lo pensamos, que lo deseamos. Ese equilibrio que anhelamos y deseamos que se cumpla pronto.
Yo aún no he perdido la esperanza, puesto que ésta siempre ha estado en mí, en la esperanza de encontrar el equilibrio en el que mis demonios conecten con los de otro individuo, el equilibrio entre el bien y el mal, la falta y el exceso, la felicidad y la tristeza, el mismo equilibrio en el que no debe haber sitio para la nostalgia ni el rencor, para la sed de venganza ni para las ganas de huir, el equilibrio que me haga querer quedarme para siempre atrapada en un sitio o en un corazón, y dejar al mío allí también.
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