'A la hora de la verdad nunca se atrevía a decir todo lo que pensaba. Aquél día se sintió realmente estúpida. Ni si quiera sabía con exactitud que era lo que invadía su mente en aquél instante.'
Ni sabía, y tampoco quería empezar a soltar palabra alguna. Un nudo en la garganta impedía a su voz salir. 'Pero, total, ¿para qué? si ya estaba muerta.'
¿Cual era el punto de aquél juego estúpido en el que ya sabía que había perdido?
Miles de preguntas sin responder por miedo a escuchar algo que la asustase (más de lo que ya estaba).
De todas formas siempre se sentía culpable, ya fuese de ella la culpa o no. Y así fue toda su vida. Ahora, ¿de qué iba a servir? no se iba a parar frente a él cuándo ella ya había muerto. Era un fantasma, y ni sabía lo que esa palabra significaba. Ella tampoco debería de estar ahí parada viendo como poco a poco él hará su vida de nuevo. El dolor sería terrible, estaría condenada al infierno.
Aún le quedaba algo por hacer, pero no lo sabía. O bien no quería admitirlo. Tenía esa última pregunta ahí, atravesándole el pecho, empujándola a la oscuridad más absoluta.
Y aquella noche se metió en la cama sin que nadie se diera cuenta, y sin cerrar la puerta. Aún quería disfrutar de su respiración, de su aliento. Aún quería pararse una vez más a oírlo respirar. Sin tocarle ni un centímetro, pues ya no era necesario hacerlo.

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